Dicen que cuando dos personas se separan, por x ó y motivos, quien se queda es quien más sufre: está en los mismos lugares, con la misma gente, hace las mismas cosas… Pero con diferente persona.
Algo así les ocurrió a dos niñas. Lucy y Valeria, dos amigas que por cosas de la vida (o mejor dicho, la muerte) tuvieron que separarse sin previo aviso. Lucy se fue, Valeria se quedó.
Si le hubieran preguntado a Valeria cuál fue el momento más difícil de ésta etapa de seguro hubiera contestado así:
“El momento más difícil de no estar con Lucy fue, sin duda, aquel Lunes que entré al colegio (después de una semana sin asistir) De cierta manera porque la gente que me vio, trató de disimular la… No sé con que nombre describir sus miradas, pero creo que es algo parecido a ‘lástima’. Si, a la lástima que me tenían. Vas entrando a un lugar donde ibas con esa persona y todo se centra en ti, ya dejó de importar la tarea de Geometría que no hizo María, o la exposición para la que Juan se está preparando; hasta el examen sorpresa que don Paco saca de su portafolio se pasó a segundo plano cuando entré. Todo se vuelve en cámara lenta y cuando tratas de ir más rápido, es cuando más lento va todo. Los ves y sonríes, te ven y no hacen nada.
Al fin pude llegar a mi asiento, cerré los ojos y suspiré con tanto alivio de estar en ‘paz’… Y, sin querer, vi hacia el asiento de atrás y me di cuenta que ya nunca más iba a regresar; no iba a volver a compartir papelitos hablando sobre el lindo pelo de Rafa, los nuevos colores que Cristina está presumiendo o el lápiz labial que la Sra. De Burgos eligió para ese día. Simplemente el asiento estaba vacío… Tan vacío como mi corazón. Mientras la clase pasaba, yo veía el reloj (las 8:33 más eternas de mi vida) contando los minutos para salir a recreo, después de hablar sobre la independencia y escuchar unas cuantas anécdotas del profesor, el timbre sonó para salvarme. Los oportunistas me buscaron para darme palabras de ‘aliento’, las populares me invitaron a comer con ellas, los religiosos para rezar… Y aún con todo eso, nadie me preguntó como estaba.
Caminé hasta el gimnasio, la parte más callada del colegio a esa hora, y al llegar me comí el sándwich con sabor al ‘todo va a estar bien, hija’ de mi mamá y lloré. Por débil o por valiente, pero lloré. Cuando grité y cerré los ojos para secarme las lagrimas, estaba Lucy. Hablando sin parar, sentada frente a mí; moviendo las manos al compás de sus ojos, tocándose el pelo y riéndose como una loca (como siempre). Yo la observaba con dolor y felicidad, con mis ojos más abiertos que nunca… Pero ella parecía no notarlo y me comentaba lo complicadas que eran sus nuevas amigas. Cerré los ojos para ver si desaparecía, todo quedó en un completo silencio y los abrí de nuevo; Lucy seguía ahí y me veía con una cara de confundida y me preguntó si la comida me había caído mal, las dos nos reímos como antes. Y en ese momento todo cambió de color, hablamos y hablamos hasta que el timbre volvió a sonar y me desperté. Comprendí que Lucy nunca iba a regresar, pero también me di cuenta que si yo quiero, puedo cerrar los ojos y sentirla igual de cerca que antes.”

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